Escapando de Apolo

Mes: agosto, 2013

El palacio

He estado escarbando en la arena, escarbando con palabras, eligiendo para la tarea las más resistentes, las de material inoxidable, las que tenían forma de cuña. He dejado las que son como cuencos para el final, para cuando el cansancio asome y tenga que vaciar el lenguaje a toda prisa, arrodillada ante las letras que rebosen y amenacen con hundir la embarcación que nos mantiene a flote. Pero he escarbado. Y lo he hecho hasta chocar contra los muros rojos de un palacio. Ahora me dejo las uñas para trazar su contorno y dibujarlo en un papel transformado en mapa del tesoro. Invento sus fronteras, e igual que haría un niño con una marca de tiza juego a poner un pie dentro y otro fuera y esperar el abrazo o la regañina.

Ellas tres

Tendrían que haberla visto, todos ustedes que amordazan esos gestos a media luz – ustedes: pequeñas bestias asalvajadas a la deriva —– tendrían que haberla visto desanudando suturas y arreciando espigas con sus vuelos de mariposa aleteante en el interior de la cueva, poniendo dulce y brava la primera piedra.

Tendrían que haberla visto, todos ustedes, haberla visto llegar, quitarse el abrigo sin hacer ruido, los tacones tras la puerta, una taza de té y ya la dejo con ella —– tienen que estar solas y yo, yo necesito también una tregua, ustedes me entenderán. Cuelgo su abrigo y me siento, sus zapatos enfrente, sus zapatos que son siempre suyos sin ser jamás los mismos, que son siempre tristes sin ser jamás culpables, y me ensimismo y me acompaso con el latido oculto de los pasos que la trajeron hasta aquí. Sé que su libertad está más cerca, que su libertad empieza cuando termine la nuestra y que hasta entonces nada —– y sin embargo ella con la primera piedra.  Esclava de nosotras, esclava con nosotras, pero cómo se abandera en su dulzura, cómo se desliza adueñándose a su paso de cada rincón y adueñándose con ello de nuestras vidas, sobre todo de la mía.

Tendrían que haberla visto. No temblaba. Y yo tampoco. Ustedes comprenderán la trascendencia de todo esto. Yo no temblaba. Era mi presente que no termina, mi presente que se estira y me estira y amenaza con romperse y dejarnos con la piel de gallina y los ojos como platos. Ese mismo dragón enfurecido y yo no temblaba.

Luego mi sonrisa de arlequín tan lejos del carnaval, mis tiras y afloja con el lanzador de cuchillos, el de los dedos envenenados, el de la guarida como una caricia de viento huracanado, ese mismo, embustero de sus idas y venidas, sus despistes, sus fintas para aparecer cual crepúsculo indomable entre tu sueño y el mío y el de ella, que es siempre el mío. Y ni siquiera eso ennoblece estos abracadabras de Alí Babá encerrado para siempre en su propio tesoro.

Porque es esa extensión infame del mundo, esa ventana con pupilas de homicida, la que se volvió hacia nosotras y asintió por primera y última vez dejándome sí, con la piel de gallina y los ojos como platos.

El oasis

No es azulada la fiebre que acompaña
los oasis que me nacen en los ojos.

No es azulada, solamente grave y pesada
como el latido de un corazón amnésico.

Percepción inocente

“(todo lo que se puede decir es mentira)

el resto es silencio
sólo que el silencio no existe

no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve

¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades”
(Fragmento de “En esta noche, en este mundo”. Alejandra Pizarnik)

Una percepción inocente: un cable a tierra.

Lo que pasa con las percepciones es que no se ven.
Lo que pasa con lo que no se ve es que se le olvida que existe.
Por eso nombra.
Nombra para ver lo que no vuelve.

* * *

Él, sin embargo, nombra el tiempo para negarlo
y se alía a carcajadas con la sintaxis
para decir que lo que dice no existe,
que lo que nombra más que una ausencia
es un abismo.

* * *

Pero a ella hay colores que nunca la eligen.
Hay azules que observan como esperando algo
como esperando qué.

* * *

Luego llega el hambre. Echa raíces
en los huesos, y el cuerpo se abre al silencio como los picos de los pájaros al viento.

Lo que pasa con la belleza es que no puede masticarse,
que no puede engullirse como un gusano asustado.
Lo que pasa con la belleza es que siempre es ajena y eso duele.
Por eso escribe.

* * *

Y él sonríe y le pregunta si no es fascinante disfrazarse de Alicia y atravesar el espejo.

Lo es.

Pero,
si el tiempo                                         no existe
en el reloj                                           no existe
del conejo que corre                            no existe
con la pajarita que aprieta                     no existe

* * *

qué con la inocencia
qué con lo que se nombra
qué con la tristeza – los colores
con la belleza qué
con el hambre qué
qué con el reflejo en el espejo de Alicia lamiendo su piruleta, vestida de nada: la última percepción de la inocencia.

El jardín

Primero fue en mí. Al mirarte creció un jardín en mis pupilas huérfanas y fue extendiéndose hasta que reconocí el tacto del musgo en la yema de mis dedos. Me acostumbré rápido a que por las noches, al cerrar mis ojos, una lechuza abriera los suyos hasta que yo despertara. Pasaron los años y después de más de un lustro la suerte o el destino quisieron que viera el mismo espectáculo desde afuera, como espectadora. Esta vez fue en el alféizar de tu ventana y a ti todavía te pillaba por sorpresa, como si no supieras ya que todo lo que miras se convierte en paisaje, que bajo tu luz nacen ecosistemas laberínticos. Nació así una selva rosa que en su hambre de vida acabó devorándose a sí misma. Los pájaros salieron de sus jaulas guiados por una música salvaje, un latido subterráneo. Enloquecidos, enamorados, –novatos–, fueron incapaces de reconocer en él el enigma de su propio aleteo y quisieron poseerlo, engullendo pétalos, hojas, tallos y raíces. En pocos días nada quedaba del jardín. Nada quedaba de los pájaros, lejanos y heridos de vida. Nada quedaba en el alféizar. Pero poco importa el genocidio de las flores porque su fulgor fucsia ha anidado ya en tus costillas y ha pulverizado el grito del animal que habita en tu pecho. La luz sigue siendo tuya.