Árbol de Diana

Ella dijo que tenía miedo de volverse loca.

Pero locura era saber que podía cogerle la cara con mis dos manos y lanzar un grito silencioso que haría temblar los cimientos de la tumba de Silvina Ocampo.

Locura fue buscar una casa y encontrar sus manos.

Vivir de repente y para siempre a las puertas de un jardín vivo.

Yo lo que hacía era encaramarme al muro cada noche para ver el jardín y descifrar un mensaje en el vuelo dorado de sus pupilas. “Salta. Siente los brotes verdes en las plantas de los pies”. Pero el mensaje no llegaba; ella miraba y callaba. Disparaba y callaba. Sangré hasta teñir de rojo la majestuosa alfombra verde; mi sangre salía a borbotones de las cuencas vacías de mis ojos y manchaba mis dedos del color de sus labios. Creí sentir sus besos en cada uno de mis dedos, en mis manos, en mis brazos, deslizándose por mi piel como un guante; pero eran sólo lenguas de sangre tibia derramándose en mí y pegándose a mi piel como un traje.

La llamé por todos los nombres posibles, buscando una voz en la que se estrellara inevitablemente, como se estrella un meteorito en un mundo nuevo: en un impacto brillante y definitivo. Pero del vuelo en las alturas sólo quedaba la caída libre.

Dime que me calle. Dime que no me calle.

No dejes que me obligue al silencio, que me viva en él, que me deje arrastrar al centro del laberinto sin ovillo ni GPS, y me persiga el aletear de pájaros mudos, la desbandada de palabras que ya no son pero siguen intactas, agazapadas, dando caricias y zarpazos a partes iguales. No dejes que me alíe con el enemigo.

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