Escapando de Apolo

Categoría: Prosa

convertir el amor en un suceso gramatical. abrir el gesto y descubrir, en el centro, la promesa encendida / la fugitiva / el agujero en la lluvia. no se olvida lo liviano – capricho blanco habitando violeta -. no se olvida la luz ámbar haciendo sombra siempre al lenguaje.
vayamos a ver el mar. que el vacío parezca un accidente.

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nuevas mañanas

rayos de sol asaltan la piel. un cielo iluminado en la nueva memoria acuna mi melancolía y la anestesia. en grietas de algodón asoma la amenaza de un jardín sepultado bajo las horas. murmullo verde en un parqué con nuevos cardenales, causa-efecto de un presente líquido que amorata el recuerdo e invoca su voz. la solidifica en las paredes como un cuadro eterno. la mañana es un asalto a mano armada. el día obedece a la amenaza “manos arriba: la sombra o la vida”.

El mundo necesita más pseudopoetas hablando de sí mismos.

Cuando era la niña del lenguaje. Dije luz y me convertí en sombra chinesca. Me escribí bajo los párpados “Dios es chiste” con neones amarillos, y cada pestañeo era una carcajada silenciosa. Descubrí que la belleza será convulsiva o no será, y que el plagio es otra forma de vida (o de escribir poemas). Estrenada vejez a los quince y adolescencia a los veinticinco, a los veintitodos morí.

Hoy en Comala los fantasmas me sacaron a bailar. Bailé y luego salí a mirar cosas. Vi un sol de neón amarillo y sus rayos escribieron en mis párpados: “Este mundo necesita más pseudopoetas hablando de sí mismos”. Así que obediente, me asumí otra vez yo. Yo queriéndote. De momento para siempre. Yo sabiendo que podré porvenir contigo cuando salga de Comala y consiga devenir aquella que fui.

La verdad: en el fondo estoy tranquila, amor, porque sé que tu vientre tiene forma de pila bautismal.

Los chicos del monopatín

Los chicos del monopatín (digo los chicos no las chicas) están conectados aparecen desaparecen aparecen desaparacen y aparecen conectados en otro lado. Este chico con su gorra su sudadera su música — su chica le aplaude pero él no la oye está conectado a su gorra su sudadera su música que está conectada a la del otro chico (no chica) a su gorra su sudadera su música. Los he visto en Berlín conectados con sus gorras sus sudaderas sus músicas y en Buenos Aires París Nueva York. Desde Barcelona mando un saludo interferencia a este chico que no me oye que está conectado, y a todas las gorras sudaderas músicas conectadas sobre ruedas. Y a sus chicas, que aplauden orgullosas y también son mis amigas.

Ara és l’hora

El 9N me pilló soñando con declarar la independecia a nuestro estado. De gracia. En la porra previa me vine arriba: saldría que mi patria eran tus labios y tendríamos dos lenguas oficiales para enredárnoslas, ya sí, oficialmente.
 
Menuda papeleta la tuya, después de haberte visto entre mi cuerpo y la pared. Y mientras tú marcas la cruz yo se la pongo al pesado de Cupido que no deja de asaetearme y siempre contigo, joder, que ya parezco San Sebastián, con tanta flecha en el costado.
 
Pero el día histórico, el de la gran calçotada, la fiesta nacional [perdonadme] yo me quedé sin papeleta por ser de ninguna de tus partes y no sé el de Cataluña, pero nuestro futuro, con tu único voto en el recuento, estaba decidido:
 
SÍ me quieres.
NO te quedas conmigo.

Hola, soy yo

Hola, me llamo Anna y soy estúpida. No siempre me llamo Anna pero nunca dejo de ser estúpida. A veces respondo al grito de Estrella, Vampira, Señorita. Hasta Cielo cuando la cosa se pone amigable. Pero respondo como la estrella estúpida que soy, la vampira estúpida, la señorita estúpida y el cielo que más que cielo es intemperie. ¿No os ha pasado nunca? Ser estúpidos, digo. ¿No os ha pasado nunca salir corriendo desnudos con los brazos abiertos al sol para sentir el calorcito en todo el cuerpo y volver a casa con quemaduras de segundo grado? ¿No os ha pasado no sólo una vez, sino dos y tres y las que vengan? ¿No os habéis zambullido nunca en el mar, muertos de sed, para beberos todo el agua? Y ¿a qué está salada, estúpidos, y da más sed? Pues eso. Yo soy la estúpida que conoce la respuesta que no quiere escuchar pero repite la pregunta una y mil veces. La alérgica al polen que se pasa las tardes confeccionando ramos de flores. La que habla del silencio a gritos. La que cuando recibe un mail con asunto “Instrucciones para activar su cuenta” todavía espera encontrar un cuento de Cortázar. La muy estúpida. Soy la que no entiende que no es no, que no decir sí también es no y que el silencio aún más no. Soy yo, encantada.

La peor película

Hoy, por primera vez, he pensado en abandonarte. He decidido llamarlo así porque era demasiado doloroso asumir que en realidad me estabas abandonando tú. Luego le he llorado a ella encima y no me he atrevido a decir tu nombre, por vergüenza o por orgullo, qué más da. Y me he repetido que no quiero el mismo problema: que no quiero dos veces celos ni quiero entender lo que ya entiendo perfectamente. Que lo único que quiero que me hagas es el amor. Y el desayuno. Tu pan con tomate con orégano y embutidos de niño bien. Que me hagas gritar. Tu nombre contra la almohada. Y hablar con las centralitas de las cadenas hoteleras a lomos de un taxi Gran Vía arriba. Y a galopar. Que me hagas de todo menos daño, porque el único daño que voy a poder perdonar es el de ella, que no me hace el amor. Ni el desayuno. Que sólo me deja pronunciar su nombre en un susurro y con su luz verde eclipsa las luces de los taxis libres cuando pasan.

Así que ahora, que sigue siendo inolvidable cuando estamos juntos pero ya nunca estamos juntos cuando estamos lejos, ahora que ya no reclamas con vehemencia lo que es tuyo ni me repites cada noche que te pertenezco, ahora
me importa una mierda que nosotros,
una mierda que especial,
una mierda que para siempre,
porque es domingo -otra vez-
y lo único que quiero
es alguien aquí con quien ver
la peor película
de Antena 3.

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Imagen: Pretty Puke

Y que nadie sea absuelto por no quererse

Es cierto: ahora vives con un francotirador apuntándote a la nuca y otro apuntando al corazón. Y con el miedo. Que yo tengo. Porque hace mucho tiempo que cada vez que una bala te alcanza soy yo la que sangra. También.
Y entretanto: barricadas cuerpo a cuerpo, la abstinencia de nuestra parada que sigue esperando su #dosis (la mía) y el bus que no llega nunca antes que las ganas -ay, si las marquesinas hablaran…-. Entretanto caricias que aceleran los latidos, llevarte de la mano al deseo, quitarnos el maquillaje a besos.
Y luego: mi alegría tu miedo mi recuerdo tu agobio mi humor tu reproche mi perdón tu perdón nuestro abrazo.
Pero hoy, que no estás, que estoy sentada en mi cama, que tú vas camino al pueblo y yo quiero ser el camino y quiero ser el pueblo. Hoy me escondo bajo la sábana a modo de bandera blanca y pienso en firmar la rendición porque como no acabe pronto esta guerra, como se te ocurra volver a besarme… tendré que matarte.
Decide tú
si a polvos
o a ausencias.

Árbol de Diana

Ella dijo que tenía miedo de volverse loca.

Pero locura era saber que podía cogerle la cara con mis dos manos y lanzar un grito silencioso que haría temblar los cimientos de la tumba de Silvina Ocampo.

Locura fue buscar una casa y encontrar sus manos.

Vivir de repente y para siempre a las puertas de un jardín vivo.

Yo lo que hacía era encaramarme al muro cada noche para ver el jardín y descifrar un mensaje en el vuelo dorado de sus pupilas. “Salta. Siente los brotes verdes en las plantas de los pies”. Pero el mensaje no llegaba; ella miraba y callaba. Disparaba y callaba. Sangré hasta teñir de rojo la majestuosa alfombra verde; mi sangre salía a borbotones de las cuencas vacías de mis ojos y manchaba mis dedos del color de sus labios. Creí sentir sus besos en cada uno de mis dedos, en mis manos, en mis brazos, deslizándose por mi piel como un guante; pero eran sólo lenguas de sangre tibia derramándose en mí y pegándose a mi piel como un traje.

La llamé por todos los nombres posibles, buscando una voz en la que se estrellara inevitablemente, como se estrella un meteorito en un mundo nuevo: en un impacto brillante y definitivo. Pero del vuelo en las alturas sólo quedaba la caída libre.

Dime que me calle. Dime que no me calle.

No dejes que me obligue al silencio, que me viva en él, que me deje arrastrar al centro del laberinto sin ovillo ni GPS, y me persiga el aletear de pájaros mudos, la desbandada de palabras que ya no son pero siguen intactas, agazapadas, dando caricias y zarpazos a partes iguales. No dejes que me alíe con el enemigo.

El palacio

He estado escarbando en la arena, escarbando con palabras, eligiendo para la tarea las más resistentes, las de material inoxidable, las que tenían forma de cuña. He dejado las que son como cuencos para el final, para cuando el cansancio asome y tenga que vaciar el lenguaje a toda prisa, arrodillada ante las letras que rebosen y amenacen con hundir la embarcación que nos mantiene a flote. Pero he escarbado. Y lo he hecho hasta chocar contra los muros rojos de un palacio. Ahora me dejo las uñas para trazar su contorno y dibujarlo en un papel transformado en mapa del tesoro. Invento sus fronteras, e igual que haría un niño con una marca de tiza juego a poner un pie dentro y otro fuera y esperar el abrazo o la regañina.

Ellas tres

Tendrían que haberla visto, todos ustedes que amordazan esos gestos a media luz – ustedes: pequeñas bestias asalvajadas a la deriva —– tendrían que haberla visto desanudando suturas y arreciando espigas con sus vuelos de mariposa aleteante en el interior de la cueva, poniendo dulce y brava la primera piedra.

Tendrían que haberla visto, todos ustedes, haberla visto llegar, quitarse el abrigo sin hacer ruido, los tacones tras la puerta, una taza de té y ya la dejo con ella —– tienen que estar solas y yo, yo necesito también una tregua, ustedes me entenderán. Cuelgo su abrigo y me siento, sus zapatos enfrente, sus zapatos que son siempre suyos sin ser jamás los mismos, que son siempre tristes sin ser jamás culpables, y me ensimismo y me acompaso con el latido oculto de los pasos que la trajeron hasta aquí. Sé que su libertad está más cerca, que su libertad empieza cuando termine la nuestra y que hasta entonces nada —– y sin embargo ella con la primera piedra.  Esclava de nosotras, esclava con nosotras, pero cómo se abandera en su dulzura, cómo se desliza adueñándose a su paso de cada rincón y adueñándose con ello de nuestras vidas, sobre todo de la mía.

Tendrían que haberla visto. No temblaba. Y yo tampoco. Ustedes comprenderán la trascendencia de todo esto. Yo no temblaba. Era mi presente que no termina, mi presente que se estira y me estira y amenaza con romperse y dejarnos con la piel de gallina y los ojos como platos. Ese mismo dragón enfurecido y yo no temblaba.

Luego mi sonrisa de arlequín tan lejos del carnaval, mis tiras y afloja con el lanzador de cuchillos, el de los dedos envenenados, el de la guarida como una caricia de viento huracanado, ese mismo, embustero de sus idas y venidas, sus despistes, sus fintas para aparecer cual crepúsculo indomable entre tu sueño y el mío y el de ella, que es siempre el mío. Y ni siquiera eso ennoblece estos abracadabras de Alí Babá encerrado para siempre en su propio tesoro.

Porque es esa extensión infame del mundo, esa ventana con pupilas de homicida, la que se volvió hacia nosotras y asintió por primera y última vez dejándome sí, con la piel de gallina y los ojos como platos.

El jardín

Primero fue en mí. Al mirarte creció un jardín en mis pupilas huérfanas y fue extendiéndose hasta que reconocí el tacto del musgo en la yema de mis dedos. Me acostumbré rápido a que por las noches, al cerrar mis ojos, una lechuza abriera los suyos hasta que yo despertara. Pasaron los años y después de más de un lustro la suerte o el destino quisieron que viera el mismo espectáculo desde afuera, como espectadora. Esta vez fue en el alféizar de tu ventana y a ti todavía te pillaba por sorpresa, como si no supieras ya que todo lo que miras se convierte en paisaje, que bajo tu luz nacen ecosistemas laberínticos. Nació así una selva rosa que en su hambre de vida acabó devorándose a sí misma. Los pájaros salieron de sus jaulas guiados por una música salvaje, un latido subterráneo. Enloquecidos, enamorados, –novatos–, fueron incapaces de reconocer en él el enigma de su propio aleteo y quisieron poseerlo, engullendo pétalos, hojas, tallos y raíces. En pocos días nada quedaba del jardín. Nada quedaba de los pájaros, lejanos y heridos de vida. Nada quedaba en el alféizar. Pero poco importa el genocidio de las flores porque su fulgor fucsia ha anidado ya en tus costillas y ha pulverizado el grito del animal que habita en tu pecho. La luz sigue siendo tuya.

El pájaro

El pájaro estaba hambriento. Sobrevoló las terrazas de la Plaza Real y aterrizó entre dos mesas para empezar a darse el merecido festín que ofrecía el suelo de la plaza. Mientras picoteaba, en la mesa de la izquierda hablaba una pareja de enamorados:

—Hostia, tío, mira ese pájaro, qué asco, sólo tiene una pata. Putas ratas voladoras.
—Asco no da, tía, no seas exagerada.
—¿Que no da asco? Mira cómo va dando saltitos intentando comer algo. Puaj, ¡largo, coño!
—Pobre bicho, tía, déjalo tranquilo. A mí me da más pena que otra cosa, a ver si con suerte muere pronto porque da lastimica verlo andando sobre una pata.
—Qué lástima ni qué hostias, tío. Estoy comiendo y me da grima ver este bicho con el puto muñón, me va a sentar mal el bikini, joder.
—No tienes corazón. Mira qué pena da, compadécete un poco del pobre animal, que suficiente tiene ya con lo que tiene.

En la mesa de al lado, una niña hablaba por teléfono con su abuelo, que gritaba al otro lado del aparato, poco habituado sin duda a las nuevas tecnologías:

—Iaio, estoy con la mama y me ha comprado un Calippo de fresa.
—¿Dónde estáis?
—En una mesa en la calle. Y ¿sabes qué? ¡Hay un pájaro comiendo bajo nuestra mesa!
—¿Una paloma? No le des de comer que luego no podrás quitártela de encima.
—No digas tonterías, iaio, si a las palomas no les gustan los helados. Y esta además no tiene miedo porque está muy cerca y no se asusta cuando muevo la pierna.
—¿Y está sola o con otras palomas?
—Está sola. Es muy bonita. Hala, tiene sólo una pata.
—¿Sólo una pata? ¡Pobrecilla! ¿Qué le habrá pasado? ¡Qué mala suerte!
—No, iaio, no, ¡pobrecilla no! Si sólo tiene una pata será porque no necesita dos porque tiene algo mejor: ¡tiene dos alas enormes! ¡dos alas preciosas! ¡Cuando acabe de comer se irá volando a donde quiera y lo verá todo todo pequeñito desde arriba! ¡Qué envidia me da este pájaro, Iaio! ¡Qué envidia!

El pájaro, que había escuchado las dos conversaciones, echó a volar, pensando que de mayor le gustaría ser tan libre como esa niña. Mientras, en su silla, la niña miraba al pájaro alejarse, soñando con poder ser algún día tan libre como ese pájaro.

El bosque

Dije que pasé una noche contigo y mentí. No sé si afuera era noche; sé que adentro la niebla no filtraba la luz. Pasé una noche contigo. Para decirte nada. Para pensar que te decía que no hay ningún estar de más. Que camines. Camina. No es una orden, es un paisaje. Si en el fondo de todo hay un jardín, habrá un árbol que te pertenezca. Y yo habito entre las sombras, huyendo de tus pasos para que puedas creerte libre. Paso a paso. Yo me alejo. Hay celdas, pero también hay una música que suena. Acércate un poco. No es un consejo, es un espectáculo. Te estoy buscando. Pero no me acerco a ella para quererte a ti. Me acerco a ti para quererla a ella. Lo siento.

Aviones

—Ya ha sucedido. Hoy lo he visto claro. Me ha mirado otra vez de esa forma, sin saber siquiera que había una forma, que vengo diseccionando y memorizando todos sus gestos y aún así jamás logro adelantarme a la sorpresa. Y me he dado cuenta de que nunca va a haber otra mujer a la que soñar; ni otro ritmo que no sea el de los latidos que provoca en mi pantalón.
—¿Estás seguro de que ella es la definitiva?
—No tengo dudas, es el amor de mi vida.
—Entonces, ¿lo tienes claro?
—Sí. Matadla.